Lea detenidamente el
siguiente texto y responda las preguntas que aparecen al final.
Cuento de ciencia ficción: "Una muerte" de
Oesterheld
UNA MUERTE de Héctor Germán Oesterheld
Yo andaba investigando la muerte del Jon.
Las huellas, luego de contornear todo el pueblo, me llevaron hasta la pequeña casa junto al río, casi perdida entre los juncos.
No hacía frío, pero igual me subí las solapas del abrigo y hundí las manos en los bolsillos.
Subí cinco escalones no muy seguros, empujé la puerta, entré. Jaulas, pajareras por todas partes. De fabricación casera. Pájaros de colores: cotorras, cardenales, pechos colorados, canarios. Pájaros grises, pájaros marrones. Grandes y chicos. Avancé: fue como entrar en una nube de píos, trinos, gorjeos. Y de olor denso, cálido.
De entre dos pajareras salió el hombre. Tricota agujereada, cabeza blanca. Ojos curiosamente grandes y claros en el rostro ceniciento, lleno de arrugas; un rostro muy gastado, pero abierto, cordial.
- Hace tres días... - empecé.
Y me detuve. Me miró por un momento. Miró al piso, volvió a mirarme. Ya nos estábamos entendiendo.
- ¿Amigo suyo?
- Asentí.
- ¿Sabe lo que..., lo que le pasó?
Volví a asentir.
- Me lo imagino. Sé que estaba muy enfermo.
Me acercó una silla de paja. Él se sentó en un cajón vacío.
- Ahora que lo pienso - se rascó la cabeza -, quizás debí decírselo a la policía. Pero cuando sucedió no me pareció necesario. No hubieran comprendido nada; usted me entiende.
- Por supuesto.
- Ya todos me creen loco, sin necesidad de un cuento semejante - sacudió la cabeza, tenía las manos sobre las rodillas flacas; manos de dedos largos, delicados-. Además, ¿por qué habría de elegir mi casa para morir? El comisario no lo entendería nunca. Claro, podía haber ido al médico. O a ver al cura. Pero no, tuvo que caminarse toda la distancia hasta aquí.
Yo sólo sabía que el Jon estaba muerto. Lo dejé hablar.
- Aunque creo saber por qué me eligió a mí, al "Churrinche", el loco "Churrinche", el pajarero... Él sabía que yo era el único en todo el pueblo que lo dejaría morir tranquilo y sin preguntas. De tanto andar con animales uno termina por amigarse, por entender a todo lo vivo, venga de donde venga...
Me miró con los ojos claros: tenían algo de charcos de agua quieta. Yo hubiera hecho lo mismo que el Jon.
- Claro, al principio me tomó por sorpresa; yo no estaba preparado para verlo. Llegó del lado del río, lo sentí chapotear en el juncal; cuando subió los escalones creí que era José o el Negro, o cualquiera de los vagabundos de siempre. Tardó en entrar, el último escalón le costó mucho trabajo; pensé que estaría borracho, no le hice caso. Pero, al llegar a la puerta se apoyó en el marco, y recién entonces me di cuenta al verle la mano, tan verde y con los siete dedos.
Se levantó, fue hasta un brasero donde temblaba una pava.
- ¿Un matecito?
- Dije que sí con la cabeza.
- Estaba que se caía - mientras hablaba puso yerba en un jarrito enlozado -. Me di cuenta de que se moría, pero no quiso que lo acostara; insistió en sentarse ahí, donde está usted. Y se quedó medio caído, los ojos cerrados.
- Sé que eres amigo - me dijo de pronto, marcando mucho las letras -. Por eso hice toda la distancia hasta aquí...Sé que cuidas pájaros... Por eso vine.
"- ¿Por los pájaros? - le pregunté.
"- Sí... Quiero pedirte un favor... ¿Podrías prestarme uno, uno cualquiera, hasta... hasta que no lo necesite más?
“Contesté que sí y le traje a la Manolita, la cotorra, que es la más mansita de todas. Se la ofrecí.
"- Gracias... - la mano le tembló cuando le puse el pájaro. Y Manolita se quedó tan quieta, tan cómoda entre los siete dedos -. Gracias... No tienes idea, pajarero, cómo tus pájaros se parecen a los sicalos nuestros... Son tan iguales...
"Le costó levantar la mano pero igual se tomó el trabajo, quería ver bien a Manolita.
" - Si uno sabe mirar, un solo pájaro..., un solo sicalo..., resume todas las bellezas de los mundos...
"Yo no decía nada, me daba tanta pena verlo respirar tan mal; además, cuando uno anduvo mucho entre animales sabe en seguida cuándo alguno se muere, así sea un perro o una persona o..."
El pajarero me tendió el humeante jarrito. Lo tomé con cuidado, para no quemarme.
- Su amigo apoyaba ahora la mano en la mesa, y no dejaba de mirar a la cotorra. Y volvió a hablar:
"- El pájaro..., el sicalo... es los días perdidos, es la infancia... Cuidar un pájaro es revivir la infancia... Por eso tú, pajarero, cuidas pájaros... No quieres desprenderte de la infancia...
"- No lo sé - le dije por decir algo -. Pero... ¿y los chicos que cuidan pájaros?
"- Los chicos que cuidan pájaros... Tienes razón... Los chicos no pueden recordar la infancia... - hizo una pausa, se quedó mirando largamente a la cotorra, que seguía quietecita en su mano; y de pronto agregó: - Los chicos que cuidan pájaros están recordando, reviviendo, sin saberlo, los días perdidos, la infancia de la especie...
"Volvió a callar, siguió mirando a Manolita. Y mirando, también, vaya uno a saber qué imágenes de otros tiempos, de otros lugares.
" - ¿Quiere agua?¿Está realmente cómodo?
"No me contestó.
"Afuera se acababa la tarde igual que ahora.
"Pensé que alguno podría venir, la sorpresa que se llevaría al verlo allí.
"Manolita se alborotó de pronto, aleteó, se me vino hasta el hombro.
"La mano verde seguía igual, apoyada sobre la mesa.
"No tuve que tocarlo para saber que ya estaba muerto.
"Cavé una fosa en el albardón, lo enterré en el mismo lugar donde entierro a los pájaros que se me mueren.
"Y allí está ahora. Pensé ponerle una cruz, pero no... ¿Qué mejor cruz para él que la misma de los pájaros, el sol de cada día?" Me levanté. Ya sabía todo lo que quería sobre la muerte del Jon.
- Gracias - le devolví el jarrito enlozado.
El Jon, después de todo, había tenido una muerte buena.
El pajarero se levantó también.
- ¿Eran muy amigos?
- Mucho.
Me tendió la mano.
Vacilé un momento, le tendí la mía.
Sonrió al sentir la presión de los siete dedos. Me dio una palmada en el hombro, me acompañó hasta la puerta.
Bajé los escalones, me fui por el juncal.
Ya había estrellas. Pero no, el Gelo no se veía. Demasiado distante.
Aunque no está tan lejos, pensándolo bien.
Un pájaro nocturno pasó volando bajo, en vuelo silencioso.
¿Un pájaro o un sicalo?
Taller
1
Busca el significado de
las siguientes palabras;
Tricota:
Ceniciento:
Albardón:
Gelo:
Responda las siguientes
preguntas:
1) ¿Cuál es el primer
elemento extraño que aparece en el cuento?
2) Cuál es la actitud del
pajarero hacia el Jon?
3) ¿Por qué tiene esa
actitud?
4) ¿Qué revela el cuento
hacia el final, respecto del amigo de Jon? ¿Cómo lo hace?
5) ¿Por qué afirma el
pajarero que la policía no hubiera entendido nada?
5)¿Cuáles son los indicios
mediante los cuales se muestra el momento en el que Jon muere?
6) La palabra “sicalo”, al
igual que el “planeta Gelo”, han sido inventados por Oesterheld, tal vez con la
intención de crear de manera ficticia un
mundo alternativo al que nos rodea. Escriba la definición de “sicalo” para un
diccionario imaginario. En el cuento hay muy poca información acerca de los
sicalos; ténganla en cuenta a la hora de escribir esta definición. Además
deberán inventar otros datos referidos a cuestiones tales como: dónde viven los
sícalos, de qué se alimentan, qué función cumplen en Gelo, etc.
7)
*¿Qué significado tiene el título?
*¿Qué relación guarda el titulo con el
contenido de la narración?
*¿De qué trata la narración? Resúmelo.
*¿Cuál es la idea central de la narración?
*¿Encuentras otros temas
además del principal?
*¿Qué clase de narración es: política, fantástica, de misterio, realista, costumbrista,
humorística, satírica? Argumenta
*¿Los personajes son reales o simbólicos y por qué?
*¿Descríbelos? ( física y Psicológicamente)
*¿Dónde y cuándo sucede la acción?
*¿Es una atmósfera de misterio, de paz, violenta, angustiosa? Argumenta
* ¿Qué persona gramatical lo narra?
*¿Cómo es la actitud del autor: humorística, satírica, didáctica, dramática?
*Uso del vocabulario sencillo o rebuscado.
*Presencia de las figuras del lenguaje, Cuáles.
*¿Cuáles son los valores
que destaca la obra: estéticos, sociales, morales o religiosos? Argumenta
*¿Consideras que tenga
algún fallo?
Cambia el final del cuento
sin perder la trama (15 renglones)
8) Invéntate una historia
diferente con la imagen del inicio del taller (una pág.)
FUNCIONES DEL LENGUAJE
Cuando utilizamos el lenguaje, lo hacemos con
una intención específica. Puede ser para informar sobre algo, convencer a
alguien, expresar sentimientos etc. Realiza este cuadro en el cuaderno.
Taller 2
*Con los siguientes fragmentos explica cada una de las funciones del
lenguaje que estos poseen (escríbelos en el cuaderno).
-Aquí, rodeado del cruel egoísmo que como letal gas venenoso penetra
hasta donde menos se espera, hasta el mismo subconsciente de cada persona que
respira y piensa. Qué fácil es excusarse, qué difícil es hacer un esfuerzo para
mirar más allá de la nariz de uno mismo y reconocer frente a un espejo hasta
qué grado hemos sido afectados de una forma tan pero tan negativa por el
asesino egoísmo.
- Sentaos -dijo manipulando un teclado situado sobre su mesa y señalando
dos sillas que surgieron de la nada. En realidad, no eran sillas de madera u
otro material convencional, sino simples campos magnéticos, cuyos contornos,
dibujados por líneas luminosas producidas por rayos láser, se percibían
claramente. El agente conectó la grabadora del PC y comenzó el interrogatorio.
-Estamos en un bar nuevo, por ejemplo, los dos solos, sentados cara a
cara. Yo intentando diluir mi memoria y mis fantasmas a tragos de alcohol y el
Lágrima bebiendo como siempre, como si le fuera la vida en ello, odiando
también cada neurona nostálgica, cada pedazo de recuerdo incrustado. No le
importa el sabor, se mete cualquier cosa, lo mezcla todo.
-Vivieron deprisa, eso está claro, pero además vivieron siempre en
contra de la corriente, opuestos a todo lo bello que la vida les quiso ofrecer
en el camino. En tan solo cinco meses llegaron a convertirse en los novios más
felices sobre la atmósfera, pero dolorosamente solo llegaron a eso, ahora, él
ronda su casa como queriendo proteger a las personas que siempre amó y seguirá
amando. Así es el amor, va más allá de esta vida.
-Invéntate cinco ejemplos para cada una de las funciones del lenguaje
(diferentes de los ya expuestos en este taller, en el cuaderno).
*Escribe un texto argumentativo sobre una relación amorosa o un noviazgo
(mínimo una página). Deben aparecer claramente las funciones emotiva,
referencial, apelativa y fática. Del mismo modo debes señalar cada una de estas
funciones para poderlas identificar en el texto.
AL
EXCMO. SR. DON PEDRO SABATER
Queréis
volar, y os arrastráis despacio,
Y
en pobre cieno vuestro afán se abisma
¡Salid,
salid del tiempo y del espacio
¡Y
traspasad vuestra esperanza misma!
Yo,
como vos, para admirar nacida;
Yo,
como vos, para el amor creada;
Por
admirar y amar diera mi vida...
Para
admirar y amar no encuentro nada.
Siempre
el límite hallé: siempre, doquiera,
La
imperfección en cuanto toco y veo
No
juzgo al universo una quimera,
porque
en él busco a Dios, porque en Dios creo.
Tú
eres, ¡Señor!, belleza y poesía;
Tú
solo, amor, verdad, ventura y gloria;
Todo
es, mirado en Ti, luz y armonía;
Todo
es, fuera de Ti, sombra y escoria.
¡Oh,
desdichado quien -de juicio escaso
Hallar
la dicha en lo finito intente
Quien
en turbio licor y estrecho vaso
¡Quiera
apagar la sed que interna siente!
Gertrudis
de Avellaneda
Identifica
el significado de las palabras desconocidas.
Redacta
una interpretación propia del poema con tus palabras.
¿Qué
relación con la búsqueda de la libertad se encuentra en el poema?
Identifica al menos tres figuras retóricas y
las señalas en el poema. Averigua la
vida de la poetisa y explica, qué sentido tiene el poema con su biografía.
COMPLETA LAS SIGUIENTE
INFORMACIÓN:
1. Las palabras agudas
son las que llevan el acento en la ___________________________ y se
les marca tilde cuando
terminan en ____________________________________.
2. Las palabras graves
son las que llevan el acento en la
__________________________________
y se les marca tilde cuando terminan
en_____________________________________________________.
3. Las palabras
esdrújulas son las que llevan el acento en la
____________________________________________________________________________
____________ y llevan
tilde ____________.
4. Las palabras
sobreesdrújulas son las que llevan el acento en la ________________________
__________________________________________________________
y llevan tilde.
Responde
¿Qué es el verbo?
¿cómo se compone?
¿cuáles son los modos
del verbo, explícalas?
¿cuáles son las formas
del verbo, explícalas?
Escribe tres oraciones
de cada modo del verbo. y escribe tres oraciones cada forma del verbo.
La Santa
Veintidós años después volví a ver
a Margarito Duarte. Apareció de pronto en una de las callecitas secretas del
Trastévere, y me costó trabajo reconocerlo a primera vista por su castellano
difícil y su buen talante de romano antiguo. Tenía el cabello blanco y escaso,
y no le quedaban rastros de la conducta lúgubre y las ropas funerarias de
letrado andino con que había venido a Roma por primera vez, pero en el curso de
la conversación fui rescatándolo poco a poco de las perfidias de sus años y
volvía a verlo como era: sigiloso, imprevisible, y de una tenacidad de
picapedrero. Antes de la segunda taza de café en uno de nuestros bares de otros
tiempos, me atreví a hacerle la pregunta que me carcomía por dentro.
—¿Qué pasó con la santa?
—Ahí está la santa –me
contestó—. Esperando.
Sólo el tenor Rafael
Ribero Silva y yo podíamos entender la tremenda carga humana de su respuesta.
Conocíamos tanto su drama, que durante años pensé que Margarito Duarte era el
personaje en busca de autor que los novelistas esperamos durante toda una vida,
y si nunca dejé que me encontrara fue porque el final de su historia me parecía
inimaginable.
Había venido a Roma en
aquella primavera radiante en que Pío XII padecía una crisis de hipo que ni las
buenas ni las malas artes de médicos y hechiceros habían logrado remediar.
Salía por primera vez de su escarpada aldea de Tolima, en los Andes
colombianos, y se le notaba hasta en el modo de dormir. Se presentó una mañana
en nuestro consulado con la maleta de pino lustrado que por la forma y el
tamaño parecía el estuche de un violonchelo, y le planteó al cónsul el motivo
sorprendente de su viaje. El cónsul llamó entonces por teléfono al tenor Rafael
Ribero Silva, su compatriota, para que le consiguiera un cuarto en la pensión
donde ambos vivíamos. Así lo conocí.
Margarito Duarte no había
pasado de la escuela primaria, pero su vocación por las bellas letras le había
permitido una formación más amplia con la lectura apasionada de cuanto material
impreso encontraba a su alcance. A los dieciocho años, siendo el escribano del
municipio, se casó con una bella muchacha que murió poco después en el parto de
la primera hija. Ésta, más bella aún que la madre, murió de fiebre esencial a
los siete años. Pero la verdadera historia de Margarito Duarte había empezado
seis meses antes de su llegada a Roma, cuando hubo de mudar el cementerio de su
pueblo para construir una represa. Como todos los habitantes de la región,
Margarito desenterró los huesos de sus muertos para llevarlos al cementerio
nuevo. La esposa era polvo. En la tumba contigua, por el contrario, la niña
seguía intacta después de once años. Tanto, que cuando destaparon la caja se
sintió el vaho de las rosas frescas con que la habían enterrado. Lo más
asombroso, sin embargo, era que el cuerpo carecía de peso.
Centenares de curiosos
atraídos por el clamor del milagro desbordaron la aldea. No había duda. La
incorruptibilidad del cuerpo era un síntoma inequívoco de la santidad, y hasta
el obispo de la diócesis estuvo de acuerdo en que semejante prodigio debía
someterse al veredicto del Vaticano. De modo que se hizo una colecta pública
para que Margarito Duarte viajara a Roma, a batallar por una causa que ya no
era sólo suya ni del ámbito estrecho de su aldea, sino un asunto de la nación.
Mientras nos contaba su
historia en la pensión del apacible barrio de Parioli, Margarito Duarte quitó
el candado y abrió la tapa del baúl primoroso. Fue así como el tenor Ribero
Silva y yo participamos del milagro. No parecía una momia marchita como las que
se ven en tantos museos del mundo, sino una niña vestida de novia que siguiera
dormida al cabo de una larga estancia bajo la tierra. La piel era tersa y
tibia, y los ojos abiertos eran diáfanos, y causaban la impresión insoportable
de que nos veían desde la muerte. El raso y los azahares falsos de la corona no
habían resistido al rigor del tiempo con tan buena salud como la piel, pero las
rosas que le habían puesto en las manos permanecían vivas. El peso del estuche
de pino, en efecto, siguió siendo igual cuando sacamos el cuerpo.
Margarito Duarte empezó
sus gestiones al día siguiente de la llegada. Al principio con una ayuda
diplomática más compasiva que eficaz, y luego con cuantas artimañas se le
ocurrieron para sortear los incontables obstáculos del Vaticano. Fue siempre
muy reservado sobre sus diligencias, pero se sabía que eran numerosas e
inútiles. Hacía contacto con cuantas congregaciones religiosas y fundaciones
humanitarias encontraba a su paso, donde lo escuchaban con atención, pero sin
asombro, y le prometían gestiones inmediatas que nunca culminaron. La verdad es
que la época no era la más propicia. Todo lo que tuviera que ver con la Santa
Sede había sido postergado hasta que el Papa superara la crisis de hipo, resistente
no sólo a los más refinados recursos de la medicina académica, sino a toda
clase de remedios mágicos que le mandaban del mundo entero.
Por fin, en el mes de
julio, Pío XII se repuso y fue a sus vacaciones de verano en Castelgandolfo.
Margarito llevó la santa a la primera audiencia semanal con la esperanza de
mostrársela. El Papa apareció en el patio interior, en un balcón tan bajo que
Margarito pudo ver sus uñas bien pulidas y alcanzó a percibir su hálito de
lavanda. Pero no circuló por entre los turistas que llegaban de todo el mundo
para verlo, como Margarito esperaba, sino que pronunció el mismo discurso en
seis idiomas y terminó con la bendición general.
Al cabo de tantos
aplazamientos, Margarito decidió afrontar las cosas en persona, y llevó a la
Secretaría de Estado una carta manuscrita de casi sesenta folios, de la cual no
obtuvo respuesta. Él lo había previsto, pues el funcionario que la recibió con
los formalismos de rigor apenas si se dignó darle una mirada oficial a la niña
muerta, y los empleados que pasaban cerca la miraban sin ningún interés. Uno de
ellos le contó que el año anterior había recibido más de ochocientas cartas que
solicitaban la santificación de cadáveres intactos en distintos lugares del
mundo. Margarito pidió por último que se comprobara la ingravidez del cuerpo.
El funcionario la comprobó, pero se negó a admitirla.
—Debe ser un caso de
sugestión colectiva –dijo.br>
En sus escasas horas
libres y en los áridos domingos de verano, Margarito permanecía en su cuarto,
encarnizado en la lectura de cualquier libro que le pareciera de interés para
su causa. A fines de cada mes, por iniciativa propia, escribía en un cuaderno
escolar una relación minuciosa de sus gastos con su caligrafía preciosista de
amanuense mayor, para rendir cuentas estrictas y oportunas a los contribuyentes
de su pueblo. Antes de terminar el año conocía los dédalos de Roma como si
hubiera nacido en ellos, hablaba un italiano fácil y de tan pocas palabras como
su castellano andino, y sabía tanto como el que más sobre procesos de
canonización. Pero pasó mucho más tiempo antes de que cambiara su vestido
fúnebre, y el chaleco y el sombrero de magistrado que en la Roma de la época
eran propios de algunas sociedades secretas con fines inconfesables. Salía
desde muy temprano con el estuche de la santa, y a veces regresaba tarde en la
noche, exhausto y triste, pero siempre con un rescoldo de luz que le infundía
alientos nuevos para el día siguiente.
— Los santos viven en su
tiempo propio –decía.
Yo estaba en Roma por
primera vez, estudiando en el Centro Experimental de Cine, y viví su calvario
con una intensidad inolvidable. La pensión donde dormíamos era en realidad un
apartamento moderno a pocos pasos de la Villa Borghese, cuya dueña ocupaba dos
alcobas y alquilaba cuartos a estudiantes extranjeros. La llamábamos María
Bella, y era guapa y temperamental en la plenitud de su otoño, y siempre fiel a
la norma sagrada de que cada quien es rey absoluto dentro de su cuarto. En
realidad, la que llevaba el peso de la vida cotidiana era su hermana mayor, la
tía Antonieta, un ángel sin alas que le trabajaba por horas durante el día, y
andaba por todos lados con su balde y su escoba de jerga lustrando más allá de
lo posible los mármoles del piso. Fue ella quien nos enseñó a comer los
pajaritos cantores que cazaba Bartolino, su esposo, por el más hábito que le
quedó de la guerra, y quien terminaría por llevarse a Margarito a vivir en su
casa cuando los recursos no le alcanzaron para los precios de María Bella.
Nada menos adecuado para
el modo de ser de Margarito que aquella casa sin ley. Cada hora nos reservaba
una novedad, hasta en la madrugada, cuando nos despertaba el rugido pavoroso
del león en el zoológico de la Villa Borghese. El tenor Ribero Silva se había
ganado el privilegio de que los romanos no se resintieran con sus ensayos
tempraneros. Se levantaba a las seis, se daba su baño medicinal de agua helada
y se arreglaba la barba y las cejas de Mefistófeles, y sólo cuando ya estaba
listo con la bata de cuadros escoceses, la bufanda de seda china y su agua de
colonia personal, se entregaba en cuerpo y alma a sus ejercicios de canto.
Abría de par en par la ventana del cuarto, aún con las estrellas del invierno,
y empezaba por calentar la voz con fraseos progresivos de grandes arias de
amor, hasta que se soltaba a cantar a plena voz. La expectativa diaria era que
cuando daba el do de pecho le contestaba el león de la villa Borghese con un
rugido de temblor de tierra.
— Eres San Marcos
reencarnado, figlio mio –exclamaba la tía Antonieta asombrada
de veras—. Sólo él podía hablar con los leones.
Una mañana no fue el león
el que dio la réplica. El tenor inició el dueto de amor del Otello: Già
nella notte densa s’estingue ogni clamor. De pronto, desde el fondo del
patio, nos llegó la respuesta en una hermosa voz de soprano. El tenor
prosiguió, y las dos voces cantaron el trozo completo, para solaz del
vecindario que abrió las ventanas para santificar sus casas con el torrente de
aquel amor irresistible. El tenor estuvo a punto de desmayarse cuando supo que
su Desdémona invisible era nada menos que la gran María Caniglia.
Tengo la impresión de que
fue aquel episodio el que le dio un motivo válido a Margarito Duarte para
integrarse a la vida de la casa. A partir de entonces se sentó con todos en la
mesa común y no en la cocina, como al principio, donde la tía Antonieta lo
complacía casi a diario con su guiso maestro de pajaritos cantores. María Bella
nos leía de sobremesa los periódicos del día para acostumbrarnos a la fonética
italiana, y completaba las noticias con una arbitrariedad y una gracia que nos
alegraban la vida. Uno de esos días contó, a propósito de la santa, que en la
ciudad de Palermo había un enorme museo con los cadáveres incorruptos de
hombres, mujeres y niños, e inclusive varios obispos, desenterrados de un mismo
cementerio de padres capuchinos. La noticia inquietó tanto a Margarito, que no
tuvo un instante de paz hasta que fuimos a Palermo. Pero le bastó una mirada de
paso por las abrumadoras galerías de momias sin gloria para formularse un
juicio de consolación.
— No son el mismo caso
–dijo—. A estos se les nota enseguida que están muertos.
Después del almuerzo Roma
sucumbía en el sopor de agosto. El sol de medio día se quedaba inmóvil en el
centro del cielo, y en el silencio de las dos de la tarde sólo se oía el rumor
del agua, que es la voz natural de Roma. Pero hacia las siete de la noche las
ventanas se abrían de golpe para convocar el aire fresco que empezaba a
moverse, y una muchedumbre jubilosa se echaba a las calles sin ningún propósito
distinto que el de vivir, en medio de los petardos de las motocicletas, los
gritos de los vendedores de sandía y las canciones de amor entre las flores de
las terrazas.
El tenor y yo no hacíamos
la siesta. Íbamos en su vespa, él conduciendo y yo en la parrilla, y les
llevábamos helados y chocolates a las putitas de verano que mariposeaban bajo
los laureles centenarios de la Villa Borghese, en busca de turistas desvelados
a pleno sol. Eran bellas, pobres, cariñosas, como la mayoría de las italianas
de aquel tiempo, vestidas de organiza azul, de popelina rosada, de lino verde,
y se protegían del sol con las sombrillas apolilladas por las lluvias de la
guerra reciente. Era un placer humano estar con ellas, porque saltaban por
encima de las leyes del oficio y se daban el lujo de perder un buen cliente
para irse con nosotros a tomar un café bien conservado en el bar de la esquina,
o a pasear en las carrozas de alquiler por los senderos del parque, o a
dolernos de los reyes destronados y sus amantes trágicas que cabalgaban al
atardecer en el galoppatorio. Más de una vez les servíamos de
intérpretes con algún gringo descarriado.
No fue por ellas que
llevamos a Margarito Duarte a la Villa Borghese, sino para que conociera el
león. Vivía en libertad en un islote desértico circundado por un foso profundo,
y tan pronto como nos divisó en la otra orilla empezó a rugir con un desasosiego
que sorprendió a su guardián. Los visitantes del parque acudieron sorprendidos.
El tenor trató de identificarse con su do de pecho matinal, pero el león no le
prestó atención. Parecía rugir hacia todos nosotros sin distinción, pero el
vigilante se dio cuenta al instante de que sólo rugía por Margarito. Así fue:
para donde él se moviera se movía el león, y tan pronto como se escondía dejaba
de rugir. El vigilante, que era doctor en letras clásicas de la universidad de
Siena, pensó que Margarito debió estar ese día con otros leones que lo habían
contaminado de su olor. Aparte de esa explicación, que era inválida, no se le
ocurrió otra.
— En todo caso –dijo— no
son rugidos de guerra sino de compasión.
Sin embargo, lo que
impresionó al tenor Ribera Silva no fue aquel episodio sobrenatural, sino la
conmoción de Margarito cuando se detuvieron a conversar con las muchachas del
parque. Lo comentó en la mesa, y unos por picardía, y otros por comprensión,
estuvimos de acuerdo en que sería una buena obra ayudar a Margarito a resolver
su soledad. Conmovida por la debilidad de nuestros corazones, María Bella se
apretó la pechuga de madraza bíblica con sus manos empedradas de anillos de
fantasía.
— Yo lo haría por caridad
–dijo—, si no fuera porque nunca he podido con los hombres que usan chaleco.
Fue así como el tenor
pasó por la Villa Borghese a las dos de la tarde, y se llevó en ancas de su
vespa a la mariposita que le pareció más propicia para darle una hora de buena
compañía a Margarito Duarte. La hizo desnudarse en su alcoba, la bañó con jabón
de olor, la secó, la perfumó con su agua de colonia personal, y la empolvó de
cuerpo entero con su talco alcanforado para después de afeitarse. Por último le
pagó el tiempo que ya llevaban y una hora más, y le indicó letra por letra lo
que debía hacer.
La bella desnuda atravesó
en puntillas la casa en penumbras, como un sueño de la siesta, y dio dos
golpecitos tiernos en la alcoba del fondo. Margarito Duarte, descalzo y sin
camisa, abrió la puerta.
— Buona sera
giovanotto –le dijo ella, con voz y modos de colegiala—. Mi
manda il tenore.
Margarito asimiló el
golpe con una gran dignidad. Acabó de abrir la puerta para darle paso, y ella
se tendió en la cama mientras él se ponía a toda prisa la camisa y los zapatos
para atenderla con el debido respeto. Luego se sentó a su lado en una silla, e
inició la conversación. Sorprendida, la muchacha le dijo que se diera prisa,
pues sólo disponían de una hora. Él no se dio por enterado.
La muchacha dijo después
que de todos modos habría estado el tiempo que él hubiera querido sin cobrarle
ni un céntimo, porque no podía haber en el mundo un hombre mejor comportado.
Sin saber qué hacer mientras tanto, escudriñó el cuarto con la mirada, y
descubrió el estuche de madera sobre la chimenea. Preguntó si era un saxofón.
Margarito no le contestó, sino que entreabrió la persiana para que entrara un
poco de luz, llevó el estuche a la cama y levantó la tapa. La muchacha trató de
decir algo, pero se le desencajó la mandíbula. O como nos dijo después: Mi
si gelò il culo. Escapó despavorida, pero se equivocó de sentido en el
corredor, y se encontró con la tía Antonieta que iba a poner una bombilla nueva
en la lámpara de mi cuarto. Fue tal el susto de ambas, que la muchacha no se
atrevió a salir del cuarto del tenor hasta muy entrada la noche.
La tía Antonieta no supo
nunca qué pasó. Entró en mi cuarto tan asustada, que no conseguía atornillar la
bombilla en la lámpara por el temblor de las manos. Le pregunté qué le sucedía.
“Es que en esta casa espantan”, me dijo. “Y ahora a pleno día”. Me contó con
una gran convicción que, durante la guerra, un oficial alemán degolló a su
amante en el cuarto que ocupaba el tenor. Muchas veces, mientras andaba en sus
oficios, la tía Antonieta había visto la aparición de la bella asesinada
recogiendo sus pasos por los corredores.
— Acabo de verla
caminando en pelota por el corredor –dijo—. Era idéntica.
La ciudad recobró su
rutina de otoño. Las terrazas floridas del verano se cerraron con los primeros
vientos, y el tenor y yo volvimos a la tractoría del Trastévere donde solíamos
cenar con los alumnos de canto del conde Carlo Calcagni, y algunos compañeros
míos de la escuela de cine. Entre estos últimos, el más asiduo era Lakis, un
griego inteligente y simpático, cuyo único tropiezo eran sus discursos
adormecedores sobre la injusticia social. Por fortuna, los tenores y las
sopranos lograban casi siempre derrotarlo con trozos de ópera cantados a toda
voz, que sin embargo no molestaban a nadie aun después de la media noche. Al
contrario, algunos trasnochadores de paso se sumaban al coro, y en el
vecindario se abrían ventanas para aplaudir.
Una noche, mientras
cantábamos, Margarito entró en puntillas para no interrumpirnos. Llevaba el
estuche de pino que no había tenido tiempo de dejar en la pensión después de
mostrarle la santa al párroco de San Juan de Letrán, cuya influencia ante la
Sagrada Congregación del Rito era de dominio público. Alcancé a ver de soslayo
que lo puso debajo de una mesa apartada, y se sentó mientras terminábamos de
cantar. Como siempre ocurría al filo de la media noche, reunimos varias mesas
cuando la tractoría empezó a desocuparse, y quedamos juntos los que cantaban,
los que hablábamos de cine, y los amigos de todos. Y entre ellos, Margarito
Duarte, que ya era conocido allí como el colombiano silencioso y triste del
cual nadie sabía nada. Lakis, intrigado, le preguntó si tocaba el violonchelo.
Yo me sobrecogí con lo que me pareció una indiscreción difícil de sortear. El
tenor, tan incómodo como yo, no logró remendar la situación. Margarito fue el
único que tomó la pregunta con toda naturalidad.
— No es un violonchelo
–dijo—. Es la santa.
Puso la caja sobre la
mesa, abrió el candado y levantó la tapa. Una ráfaga de estupor estremeció el
restaurante. Los otros clientes, los meseros, y por último la gente de la
cocina con sus delantales ensangrentados, se congregaron atónitos a contemplar
el prodigio. Algunos se persignaron. Una de las cocineras se arrodilló con las
manos juntas, presa de un temblor de fiebre, y rezó en silencio.
Sin embargo, pasada la
conmoción inicial, nos enredamos en una discusión sobre la insuficiencia de la
santidad en nuestros tiempos. Lakis, por supuesto, fue el más radical. Lo único
que quedó claro al final fue su idea de hacer una película crítica con el tema
de la santa.
— Estoy seguro –dijo— que
el viejo Cesare no dejaría escapar este tema.
Se refería a Cesare
Zavattini, nuestro maestro de argumento y guión, uno de los grandes de la
historia del cine y el único que mantenía con nosotros una relación personal al
margen de la escuela. Trataba de enseñarnos no sólo el oficio, sino una manera
distinta de ver la vida. Era una máquina de pensar argumentos. Le salían a
borbotones, casi contra su voluntad. Y con tanta prisa, que siempre le hacía
falta la ayuda de alguien para pensarlos en voz alta y atraparlos al vuelo.
Sólo que al terminarlos se le caían los ánimos. “Lástima que haya que
filmarlo”, decía. Pues pensaba que en la pantalla perdería mucho de su magia
original. Conservaba las ideas en tarjetas ordenadas por temas y prendidas con
alfileres en los muros, y tenía tantas que ocupaban una alcoba de su casa.
El sábado siguiente
fuimos a verlo con Margarito Duarte. Era tan goloso de la vida, que lo
encontramos en la puerta de su casa de la calle Angela Merici, ardiendo de
ansiedad por la idea que le habíamos anunciado por teléfono. Ni siquiera nos
saludó con la amabilidad de costumbre, sino que llevó a Margarito a una mesa
preparada, y él mismo abrió el estuche. Entonces ocurrió lo que menos
imaginábamos. En vez de enloquecerse, como era previsible, sufrió una especie
de parálisis mental.
— Ammazza! –murmuró
espantado.
Miró a la santa en
silencio por dos o tres minutos, cerró la caja él mismo, y sin decir nada
condujo a Margarito hacia la puerta, como a un niño que diera sus primeros
pasos. Lo despidió con unas palmaditas en la espalda. “Gracias, hijo, muchas
gracias”, le dijo. “Y que Dios te acompañe en tu lucha”. Cuando cerró la puerta
se volvió hacia nosotros, y nos dio su veredicto.
— No sirve para el cine
–dijo—. Nadie lo creería.
Esa lección sorprendente
nos acompañó en el tranvía de regreso. Si él lo decía, no había no que
pensarlo: la historia no servía. Sin embargo, María Bella nos recibió con el
recado urgente de que Zavattini nos esperaba esa misma noche, pero sin
Margarito.
Lo encontramos en uno de
sus momentos estelares. Lakis había llevado a dos o tres condiscípulos, pero él
ni siquiera pareció verlos cuando abrió la puerta.
— Ya lo tengo —gritó—. La
película será un cañonazo si Margarito hace el milagro de resucitar a la niña.
— ¿En la película o en la
vida? —le pregunté.
Él reprimió la
contrariedad. "No seas tonto", me dijo. Pero enseguida le vimos en
los ojos el destello de una idea irresistible. "A no ser que sea capaz de
resucitarla en la vida real", dijo, y reflexionó en serio:
— Debería probar.
Fue sólo una tentación
instantánea, antes de retomar el hilo. Empezó a pasearse por la casa, como un
loco feliz, gesticulando a manotadas y recitando la película a grandes voces.
Lo escuchábamos deslumbrados, con la impresión de estar viendo las imágenes
como pájaros fosforescentes que se le escapaban en tropel y volaban
enloquecidos por toda la casa.
— Una noche —dijo— cuando
ya han muerto como veinte Papas que no lo recibieron, Margarito entra en su
casa, cansado y viejo, abre la caja, le acaricia la cara a la muertecita, y le
dice con toda la ternura del mundo: “Por el amor de tu padre, hijita: levántate
y anda”.
Nos miró a todos, y
remató con un gesto triunfal:
— ¡Y la niña se levanta!
Algo esperaba de
nosotros. Pero estábamos tan perplejos, que no encontrábamos qué decir. Salvo
Lakis, el griego, que levantó el dedo, como en la escuela, para pedir la
palabra.
— Mi problema es que no
lo creo —dijo, y ante nuestra sorpresa, se dirigió directo a Zavattini—:
Perdóneme, maestro, pero no lo creo.
Entonces fue Zavattini el
que se quedó atónito.
— ¿Y por qué no?
— Qué sé yo —dijo Lakis,
angustiado—. Es que no puede ser.
— Ammazza! —gritó
entonces el maestro, con un estruendo que debió oírse en el barrio entero—. Eso
es lo que más me jode de los estalinistas: que no creen en la realidad.
En los quince años
siguientes, según él mismo me contó, Margarito llevó la santa a Castelgandolfo
por si se daba la ocasión de mostrarla. En una audiencia de unos doscientos
peregrinos de América Latina alcanzó a contar la historia, entre empujones y
codazos, al benévolo Juan XXIII. Pero no pudo mostrarle la niña porque debió
dejarla a la entrada, junto con los morrales de otros peregrinos, en previsión
de un atentado. El Papa lo escuchó con tanta atención como le fue posible entre
la muchedumbre, y le dio en la mejilla una palmadita de aliento.
— Bravo, figlio
mio —le dijo—. Dios premiará tu perseverancia.
Sin embargo, cuando de
veras se sintió en vísperas de realizar su sueño fue durante el reinado fugaz
del sonriente Albino Luciani. Un pariente de éste, impresionado por la historia
de Margarito, le prometió su mediación. Nadie le hizo caso. Pero dos días
después, mientras almorzaban, alguien llamó a la pensión con un mensaje rápido
y simple para Margarito: no debía moverse de Roma, pues antes del jueves sería
llamado del Vaticano para una audiencia privada.
Nunca se supo si fue una
broma. Margarito creía que no, y se mantuvo alerta. Nadie salió de la casa. Si
tenía que ir al baño lo anunciaba en voz alta: "Voy al baño". María
Bella, siempre graciosa en los primeros albores de la vejez, soltaba su carcajada
de mujer libre.
— Ya lo sabemos,
Margarito —gritaba—, por si te llama el Papa.
La semana siguiente, dos
días antes del telefonema anunciado, Margarito se derrumbó ante el titular del
periódico que deslizaron por debajo de la puerta: Morto il Papa.
Por un instante lo sostuvo en vilo la ilusión de que era un periódico atrasado
que habían llevado por equivocación, pues no era fácil creer que muriera un
Papa cada mes. Pero así fue: el sonriente Albino Luciani, elegido treinta y
tres días antes, había amanecido muerto en su cama.
Volví a Roma veintidós
años después de conocer a Margarito Duarte, y tal vez no hubiera pensado en él
si no lo hubiera encontrado por casualidad. Yo estaba demasiado oprimido por
los estragos del tiempo para pensar en nadie. Caía sin cesar una llovizna boba
como el caldo tibio, la luz de diamante de otros tiempos se había vuelto
turbia, y los lugares que habían sido míos y sustentaban mis nostalgias eran
otros y ajenos. La casa donde estuvo la pensión seguía siendo la misma, pero
nadie dio razón de María Bella. Nadie contestaba en seis números de teléfono
que el tenor Ribero Silva me había mandado a través de los años. En un almuerzo
con la nueva gente de cine evoqué la memoria de mi maestro, y un silencio
súbito aleteó sobre la mesa por un instante, hasta que alguien se atrevió a
decir:
—Zavattini? Mai
sentito.
Así era: nadie había oído
hablar de él. Los árboles de la Villa Borghese estaban desgreñados bajo la
lluvia, el galoppatoio de las princesas tristes había sido
devorado por una maleza sin flores, y las bellas de antaño habían sido
sustituidas por atletas andróginos travestidos de manolas. El único
sobreviviente de una fauna extinguida era el viejo león, sarnoso y acatarrado,
en su isla de aguas marchitas. Nadie cantaba ni se moría de amor en las
tractorías plastificadas de la Plaza de España. Pues la Roma de nuestras
nostalgias era ya otra Roma antigua dentro de la antigua Roma de los Césares.
De pronto, una voz que podía venir del más allá me paró en seco en una
callecita del Trastévere:
— Hola, poeta.
Era él, viejo y cansado.
Habían muerto cinco Papas, la Roma eterna mostraba los primeros síntomas de la
decrepitud, y él seguía esperando. “He esperado tanto que ya no puede faltar
mucho más”, me dijo al despedirse, después de casi cuatro horas de añoranzas.
“Puede ser cosa de meses”. Se fue arrastrando los pies por el medio de la
calle, con sus botas de guerra y su gorra descolorida de romano viejo, sin
preocuparse de los charcos de lluvia donde la luz empezaba a pudrirse. Entonces
no tuve ya ninguna duda, si es que alguna vez la tuve, de que el santo era él.
Sin darse cuenta, a través del cuerpo incorrupto de su hija, llevaba ya
veintidós años luchando en vida por la causa legítima de su propia
canonización. Agosto 1981
¿Cuál es el título del cuento?
¿Quién es
el autor del cuento?
¿Cuál es
la posición del narrador en la historia?
Nombre a
los personajes principales
Describe
a los personajes principales: físico, psicológica y social.
Nombre
dos personajes secundarios
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a los personajes secundarios: físico, psicológico y social.
Describe
el ambiente o lugar:
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el resumen del cuento
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más te guste.
"Platero," primer capítulo de Platero y yo
Platero es pequeño,
peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva
huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos
de cristal negro.
Lo dejo suelto y se va
al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las
florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente:
"¿Platero?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se
ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...
Come cuanto le doy. Le
gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos
morados, con su cristalina gotita de miel...
Es tierno y mimoso
igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de
piedra... Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo,
los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
— Tiene acero...
Tiene acero. Acero y
plata de luna, al mismo tiempo.
Responde
a las preguntas con frases completas. Intenta no copiar directamente del texto.
1. 1. ¿Cómo es Platero físicamente? ¿Qué tipo de animal es?
2. 2. ¿Cómo son sus ojos?
3. 3. ¿Qué adjetivo usa el autor para describir el trotecillo de
Platero? ¿Cómo es su personalidad?
4. 4. ¿Qué le gusta comer a Platero? ¿Es normal para un animal
comer fruta?
5. 5. ¿Qué adjetivos usa J.R. Jiménez para comparar a Platero con
los niños? ¿Qué tiene Platero en común con las piedras?
6. 6. ¿Qué piensan de Platero los hombres del campo?
Preguntas de interpretación
1. Responde a las
preguntas con frases completas.
2. Preguntas de interpretación
3. Responde a las
preguntas con frases completas.
Señala en el cuento
4.
Los adjetivos en
color rojo.
5.
Las metáforas en
color verde.
6.
Las comparaciones
en color azul.
4. 7. Relaciona las palabras de la izquierda (que
aparecen en las oraciones) con la categoría gramatical a la que pertenecen. Nombres, adjetivos y verbos.
1. 8.. Relaciona las palabras de la izquierda (que
aparecen en las oraciones) con la categoría gramatical a la que pertenecen.
Pronombres, Determinantes y Adverbios.
Clasifica los
siguientes determinantes;
Haga
40 oraciones donde utilice adverbio preposiciones, adjetivos y conjunciones -10
de cada uno-.
Roximenez











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